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Los sonidos de la memoria

Hola qué tal, yo soy Carolina Hernández y este es Sin Esdrújulas, tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo para escucharme mejor.

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Por: Carolina Hernández

SAN PEDRO GARZA GARCIA, Nuevo León.- Hola qué tal, yo soy Carolina Hernández y este es Sin Esdrújulas, tu micro mini podcast en el que escribo cosas que luego leo para escucharme mejor.

Y hoy quiero hablarles de los sonidos. Pero sobre todo de esos sonidos que pasamos por alto y que cuando les ponemos atención nos damos cuenta que tienen atrapado un cántaro de recuerdos.

Como las teclas de esta computadora en la que escribo y en la que cada letra hace un sonido particular. En general, los sonidos cotidianos son ignorados por esta cosa extraña que nos pasa que se llama vida.

Pero en cada momento, hay todo un universo acústico, que algún día nos ayudará a recordarlo. El sonido tiene un carácter evocador que hace posible que nos situemos en un espacio que ya fue.

Ninguno de nuestros sentidos evoca recuerdos antiguos con tanta fuerza como los sonidos. Qué tal cuando pones esa canción y de repente estás bailando entre la nostalgia y la juventud que se fue.

Algunos experimentos apuntan a que la música que escuchamos cuando tenemos entre 10 y 29 años nos marca más porque es el periodo en que experimentamos más cosas por primera vez.

Incluso algunos tipos de canciones que sincronizan nuestros impulsos de las neuronas, los que provocan ondas cerebrales, de modo que nos activan o despiertan, o nos calman.

Cuando escuchamos una canción, ese momento se graba en nuestra memoria asociado para siempre con el contexto, por lo que al volver a escuchar la melodía, esos recuerdos son evocados.

Hay estudios incluso que demostraron que un paciente con enfermedad de Alzheimer puede recordar y cantar una canción que escuchaba en su infancia, pero no puede recordar si desayunó o no.

Es el sonido de la memoria.

Pero las mismas fuentes sonoras puede ser percibidas de manera distinta por diferentes personas, porque el sondo también es contextual y todo lo determina la experiencia vivida.

Las investigaciones sobre el sonido y la memoria revelan que la historia también se construye de manera auditiva. El sonido narra un espacio. El paisaje sonoro. Las huellas acústicas de la vida que nos pasa.

No por nada hay centenares de sonidos enviados al universo. No metafóricamente. O sea, literalmente enviados al universo a bordo de las sondas Voyager, dos naves espaciales que partieron en 1977 y siguen investigando el espacio exterior.

Cada nave lleva un disco fonográfico de cobre recubierto de oro como mensaje para las posibles civilizaciones extraterrestres.

Cada disco tiene 118 fotografías de nuestro planeta, de la civilización y casi 90 minutos de lo que en ese momento consideraron la mejor música del mundo.

Va Mozart, Beethoveen, Chuck Berry y de México, va El Cascabel de Lorenzo Barcelata...

Ya sé, ya sé… Es que la Jenny Rivera tenía 8 años apenas.

Pero además, las naves emisarias, llevan grabaciones de sonidos del mar, del viento, de la lluvia, de un volcán en erupción, obviamente de un perrito, de grillos y de risas… esto, para que los extraterrestres se hagan una idea de lo que somos si es que un día se topan con esos discos.

Si quieren saber más de esto, el Carl Sagan tiene un libro que se llama Murmullos de la Tierra y ahí les cuenta cómo estuvo el asunto.

Y dice que “el lanzamiento de esta botella dentro del océano cósmico dice algo muy esperanzador sobre la vida en este planeta”.

Pero más esperanzador sería que nosotras acá también empezaramos a darnos un tiempito para escuchar los sonidos que nos rodean.

El abanico prendido. Sí, le digo abanico.

Las uñitas de tus perros caminando hacia tí.

La risa de las personas que amas.

El viento entre las hojas de los árboles.

El trinar de los pájaros en la mañana.

El camión de la basura y el fierro viejo que vendan.

Porque todos esos sonidos están construyendo nuestro pasado.

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